1000 entradas/posts

Caminando - Estado de México
Han pasado 6 años desde que me decidí a no eliminar este blog y esta es la entrada (post) número 1000 ^^

Cuando lo inicié no tenía idea alguna sobre lo que compartiría, finalmente terminé agregando cosas que han llamado mi atención y me han gustado. Cada entrada es un recuerdo porque han sido las emociones del momento las que me han impulsado a postear.

Es un gran logro que el blog durara más de un mes, que es lo que tenía planeado conservarlo.
Muchos me han leído y es por ello que sé que hay mucha gente con quien compartimos intereses.
¡Gracias por las visitas!

Sólo resta decir: 
Si te sientes triste, escribe.
Si te sientes alegre, sonríe.
Si respiras, ¡Vive!


De este lado del camino - Café Tacvba




De este lado del camino
sin buscar ningún destino
y aunque el trazo no es muy fino.

De este lado del camino.
Si mi cara está arrugada
y mis manos empolvadas
no ha de ser cosa muy rara
si mi cara está arrugada.

He esperado tanto tiempo,
tanto, tanto que ahora
que he llegado a mí sólo quiero decir
que sí... me amo.
Me amo.

Un rayito de sol asomó
sólo es mi corazón,
por eso yo...

Si mi amor he regalado,
poco y muy mal cobijado.
También ha sido descuidado.

Si mi amor he regalado,
fui sembrando en el camino.
Soy, no soy un campesino.
Hoy me encuentro agradecido.

De este lado del camino.

He esperado tanto tiempo,
tanto, tanto que ahora
que he llegado a mí sólo quiero decir
que sí... me amo.
Me amo.

Los sollozos - Marceline Desbordes-Valmore

¡El infierno está aquí! El otro no me asusta.
Empero, el purgatorio mi corazón disgusta.

De él me han hablado mucho y su nombre funesto
en mi corazón débil ha encontrado su puesto.

Cuando la ola de días va agostando mi flor,
el purgatorio veo al perder el color.

¡Si es cierto lo que dicen, es preciso ir allí,
Dios de toda existencia, para llegar a ti!

Allí habrá que bajar, sin más luna ni luz
que el peso del temor y del amor la cruz.

Para oír cómo gimen las almas condenadas
sin poderles decir “¡Estáis ya perdonadas!”

¡Dolor de los dolores; no poder agotar
los sollozos que intentan por doquiera brotar!

De noche tropezar en celdas intranquilas
que ningún alba tiñe con sus claras pupilas.

Ni poder decir al Señor incomprendido:
“¡Ay, Salvador de mi alma!, ¿es que aún no has venido?”

Me escondo; tengo miedo de tener miedo y frío,
como el ave caída teme por su albedrío.

A un recuerdo mis brazos vuelvo a abrir tristemente,
y mi alma más cercana el purgatorio siente.

Sueño que estoy en él, tras la muerte llevada,
como una esclava indócil, al fin de la jornada,

cubriendo con las manos el semblante abatido,
pisando el corazón, por tierra malherido.

Allí voy; precediéndome, mi llegada proclamo
y no oso desear nada de lo que amo.

Y este corazón mío no tendrá más dulzura
que los lejanos ecos de su antigua ventura.

     Cielos, ¿adónde iré
     sin pies para huir?
     ¿Adónde llamaré
     sin llave para abrir?

Mientras el fallo eterno rechace mi plegaria
no arderá ante mis ojos ninguna luminaria.

No he de ver más escenas mundanas y horrorosas
que abatan mis humildes miradas dolorosas.

¡No gozaré del sol! ¿Por qué?... La luz querida
para el mal en la tierra, empero, está encendida.

Ve el culpable que a la horca su delito conduce
el saludo del orbe que se divierte y luce.

¡En los aires no hay pájaros! ¡No hay fuego en el hogar!
¡Y ni un Ave María reza el aura al pasar!

Para el junco del lago no hay un soplo moviente
ni aire para que exista un átomo viviente.

Ni el zumo de las frutas que ofrecen su frescura
al ingrato, tendré en mi sed y calentura.

Del corazón ausente que me hará padecer
acumularé el llanto que no puedo verter.

     Cielos, ¿adónde iré
     sin pies para huir?
     ¿Adónde llamaré
     sin llave para abrir?

¡No más recuerdos de esos que me embargan de llanto
tan vivos, que viviera yo siempre de su encanto!

¡No más familia dulce, sentada en el umbral
que bendice cantando el sueño patriarcal!

¡Ni más voz adorada, cuya gracia invencible
hasta la Nada absurda tornaría sensible!

No más libros divinos desde el cielo exfoliados,
conciertos para el alma por la vista escuchados.

Y no osando morir tampoco oso vivir
ni buscar en la muerte quién me ha de redimir.

¿Por qué hay sobre las cunas, padres, la flor de un hijo
si al árbol y al arbusto siempre el cielo maldijo?

     Cielos, ¿adónde iré
     sin pies para huir?
     ¿Adónde llamaré
     sin llave para abrir?

¡Bajo la cruz se inclina el alma prosternada,
del dolor de nacer con morir castigada!

Mas no tengo en la muerte si me siento expirar
ni una lejana voz que aconseje esperar.

¡Si en el cielo apagado alguna estrella pálida
esta melancolía besara con luz cálida!

¡Si bajo las sombrías bóvedas del horror
viera cómo me ven dos ojos con amor!

¡Ay, sería mi madre, intrépida y bendita,
que bajaría a ver a su hija precita!

¡Sí, mi madre podría al Dios justo ablandar
y ella me sacaría del horrible lugar!

De la esperanza joven alzara el fuerte viento
al fruto derribado por tanto sufrimiento.

Sentiría sus brazos, dulces, fuertes y hermosos,
arrastrarme, abrazada con ímpetus briosos.

El aire auxiliaría a mis alas nacientes
como a las golondrinas libres e independientes.

Huiría para siempre, pues mi madre al partir
viva me llevaría hacia lo porvenir.

Mas antes de pasar las mortales fronteras
otras almas quisiéramos tener por compañeras.

Y en aquel campo fúnebre en que dejaba flores
y el aroma que exhalan los llantos de dolores

caeríamos, solícitas, entusiastas y ardientes,
gritando “¡Acompañadnos!” a las almas dolientes.

“¿Venís hacia el estío en que ha de retoñar
el amor en que no hay que morir ni llorar?

¡Con Dios y sus palomas venid en santos vuelos!
¡Dejad vuestros sudarios; no hay tumbas en los cielos!

¡El sepulcro está roto por la eterna pasión!
¡Mi madre nos concibe en la eterna mansión!”


Encuentro - Villiers de L'Isle Adam

Agitabas tu antorcha oscura.
No sospechabas estar muerta.
¡Mi corazón forjó una puerta
y tiene una huesa segura!
...
¡No resucitarás nunca!


Esta noche - Stéphane Mallarmé

La sombra amenaza ya con su fatal ley
a un viejo afán que mis vértebras ha deshecho;
triste por perecer bajo el fúnebre techo
sus alas posó en mí. ¡Ay, sala de carey

y de ébano, capaz de sobornar a un rey,
la Muerte las guirnaldas de gloria ha contrahecho
y es mentira tu orgullo para el que satisfecho
de fe, vive alejado de la equívoca grey!

Sé que en la inmensidad de esta noche, la Tierra
arroja un resplandor de misterio que yerra
a través de los siglos, cual fúlgido remedio.

El idéntico espacio, anulado o crecido,
a los testigos fuegos muestra desde su tedio
que en un rastro, entre fiestas, un genio se ha encendido.


Renunciamiento - Marceline Desbordes-Valmore

Perdóname, Señor, mi semblante afligido;
bajo la feliz frente colocasteis las lágrimas
de tus dones, Señor, es el que no he perdido.

Don menos codiciado, quizá sea el mejor.
Yo ya no he de morir en vínculos de encanto;
os los devuelvo todos, ¡ay, adorado Autor
para mí sólo tengo la sal que deja el llanto!

A los niños flores, a la mujer la sal;
para que la limpiéis mi vida he de entregaros,
cando esta sal, Señor, lave mi alma, lustral,
volvedme el corazón, para siempre adoraros.

Toda extrañeza mí del mundo se ha extinguido
y se despidió el alma dispuesta ya a volar
para alcanzar el fruto, al misterio acogido,
que la púdica Muerte sólo ha de cosechar.

Señor, con otras madres sé tierno mientras tanto,
por la tuya y por lástima de esta pena que ves...
Bautizáles los hijos con nuestro amargo llanto
y levanta a los míos caídos a tus pies.